quarta-feira, 10 de julho de 2013

LA PROBLEMÁTICA DEL ABSOLUTISMO SEGÚN TOCQUEVILLE EN EL ANTIGUO RÉGIMEN Y LA REVOLUCIÓN



Este trabajo busca hacer una presentación a la obra de Alexis de Tocqueville (1805-1859) titulada: L´Ancien Régime et la Révolution, con la finalidad de facilitar el trabajo de las personas que realizan estudios sobre este escrito del gran pensador francés.

Dividiré mi exposición en ocho puntos, a saber: 1 – El Antiguo Régimen y la Revolución en el contexto del despotismo de Luis Napoleón. 2 – La defensa de la libertad amenazada.  3 -  El proceso de elaboración de El Antiguo Régimen y la Revolución. 4 – Finalidades de la obra.  5 – Fuentes consultadas por Tocqueville. 6 – Método de trabajo y modelo teórico seguidos por Tocqueville. 7 – Estructura de la obra. 8 Conclusión: El fenómeno del centralismo en la sociedad francesa.

1) L´Ancien Régime et la Révolution en el contexto del despotismo de Luis Napoleón



El Antiguo Régimen y la Revolución corresponde, en la agitada vida intelectual de Tocqueville, a la obra de madurez. Su elaboración fue, en el espíritu de nuestro autor, un bálsamo para las heridas morales causadas por la actividad política. Tocqueville se opuso decididamente al golpe de estado perpetrado por el presidente Luis Napoleón el 2 de diciembre de 1851. Con otros miembros ilustres de la Cámara de los Diputados, el pensador fue preso y conducido, ya enfermo, a Vincennes. Tan grande fue el disgusto que le causó a Tocqueville este atentado del absolutismo que, como destaca André Jardin, “jamás le perdonó a su autor la afrenta hecha a la representación nacional y la pérdida de las libertades públicas”.[1]



Tocqueville expresaba así su rechazo a la aventura militarista, en carta dirigida a un coterráneo suyo, en 14 de diciembre de 1851: “Lo que acaba de suceder en París es abominable, en el fondo y en la forma, y cuando se conozcan los detalles, parecerán aún más crueles que el suceso completo. En cuanto a éste, ya se encontraba en germen desde la revolución de febrero, como el pollito en el huevo; para hacerlo salir no faltaba más que el tiempo necesario de incubación. A partir del momento en que se vio aparecer el socialismo, se debería haber previsto el reino de los militares. Uno generaría al otro. Yo esperaba eso hace algún tiempo y, a pesar de que sienta mucha pena y dolor por nuestro país, y una gran indignación contra ciertas violencias o bajezas, que van más allá de lo aceptable, estoy poco sorprendido o perturbado interiormente. En este momento, la nación está con un miedo loco de los socialistas y desea ardientemente volver a encontrar el bienestar; es incapaz, lo digo con pesar, e indigna de ser libre... Es necesario que la nación, que en los últimos 34 años ha olvidado lo que es el despotismo burocrático y militar... lo pruebe de nuevo y, esta vez, sin el adorno de la grandeza y de la gloria”.[2]



2) La defensa de la libertad amenazada



Habiendo abandonado la vida pública, según escribe André Jardin, Tocqueville “encuentra, en la preparación activa de la obra proyectada, el mejor remedio para la profunda tristeza que lo invadía, y muy rápidamente se entrega con pasión a esta tarea”.[3] La defensa de la libertad, amenazada por el binomio despótico socialismo/militarismo, he ahí el verdadero motivo que condujo a Tocqueville a esta apasionada lucha. Motivo, por lo demás, que está presente en su obra restante. Citemos un testimonio claro de esta amplia motivación liberal, que se encuentra en el prólogo a El Antiguo Régimen y la Revolución:



“Algunos han de acusarme de mostrar en este libro un gusto muy intempestivo por la libertad, la cual, según me dicen, es algo con lo que ya nadie se preocupa en Francia. Solamente les pediré a los que me hacen esta crítica, que recuerden que esta tendencia es muy antigua en mí. Hace más de 20 años, hablando de otra sociedad, escribí casi textualmente lo que van a leer aquí. En medio de las tinieblas del futuro ya podemos vislumbrar tres verdades muy claras. La primera es que en nuestros días los hombres están siendo conducidos por una fuerza desconocida, que tenemos la esperanza de poder regular y ablandar, pero no de vencer, y que los impele suave o violentamente a destruir la aristocracia. La segunda es que, en todas las sociedades del mundo, aquellas que siempre encontrarán las mayores dificultades para escapar por mucho tiempo de las garras del poder absoluto, serán precisamente las sociedades en las que ya no hay ni puede haber una aristocracia. La tercera es que en ningún lugar el despotismo podrá producir efectos más nocivos que en este tipo de sociedad, porque, más que cualquier otra especie de gobierno, él favorece el desarrollo de todos los vicios a los que estas sociedades están especialmente sujetas y, así, las empuja en una dirección para la cual ya las hacía pender una inclinación natural. (...) Sólo la libertad puede combatir eficientemente, en estas sociedades, los vicios que les son inherentes y pararlas en el declive por donde resbalan. Efectivamente, sólo la libertad puede sacar a los ciudadanos del aislamiento en el que la propia independencia de su condición los hace vivir, para obligarlos a aproximarse unos a otros, animándolos y reuniéndolos cada día por la necesidad de entenderse y de agradarse mutuamente, en la práctica de negocios comunes. Sólo la libertad es capaz de arrancarlos del culto al dinero y de los pequeños aborrecimientos cotidianos (...) para que perciban y sientan sin cesar la patria, por encima y al lado de ellos. Sólo la libertad substituye, alguna vez, el amor al bienestar, por pasiones más enérgicas y elevadas, le suministra a la ambición objetivos más grandes que la adquisición de las riquezas y crea la luz que permite ver los vicios y las virtudes de los hombres. (...) He aquí lo que yo pensaba hace 20 años. Tengo que confesar que, desde entonces, nada sucedió en el mundo que me llevase a pensar y a hablar de otra forma. He demostrado la buena opinión que yo tenía acerca de la libertad, en un tiempo en que alcanzó el apogeo; no se incomodarán con el hecho de que yo persista en ella cuando la abandonan”.[4] 



Se trata, sin lugar a dudas, de una clara profesión de fe liberal, que constituye el punto de partida de toda la obra tocquevilliana.



3) El proceso de elaboración de L ´Ancien Régime et la Révolution



El período de maduración de la obra fue largo. Encontramos un paralelismo muy significativo en el proceso de elaboración de las dos grandes obras de Tocqueville. La Democracia en América fue precedida por largas reflexiones entre 1825 y 1835. Momento de meditación que, después del viaje de nueve meses a América, se tornó más sistemático. Con relación a El Antiguo Régimen y la Revolución, Tocqueville pensó en los temas centrales de la obra entre 1836 y 1850. En este último año, él maduró el proyecto. Estos largos períodos de meditación previa lo guiaron en la elaboración del trabajo. Fueron momentos de acumulación de experiencias y de conocimientos, sobre los que nuestro autor se concentró para darles forma acabada a sus obras.[5]  



El plan detallado de El Antiguo Régimen y la Revolución fue elaborado en diciembre de 1850, en Sorrento, Italia, en donde Tocqueville permaneció hasta marzo de 1851, recuperándose de una crisis de tuberculosis, enfermedad que le causaría la muerte años más tarde, en 1859. A lo largo de 1852, nuestro autor comenzó su trabajo de búsqueda y organización de documentos, habiendo realizado, también, una encuesta en Normandía. El trabajo de documentación continuó en 1853, en Tours, en donde nuestro autor investigó en los Archivos de la Intendencia relativos al siglo XVIII. En 1854, entre los meses de julio y septiembre, Tocqueville viajó a Alemania, en donde, en Bonn principalmente, estudió las características del feudalismo en la legislación. A lo largo de 1855 el autor le dio forma final a la obra, que apareció publicada en junio de 1856 por el editor Michel Levy, de París.



Destacábamos atrás que el período de maduración de El Antiguo Régimen fue largo. Efectivamente, ya en 1836 encontramos a Tocqueville preocupado con los temas básicos de la obra, conforme revela el artículo que publicó, a pedido de John Stuart Mill, en la London and Westminster Review, bajo el título de: “Political and social condition of France”, que constituyó el primer trabajo de Tocqueville como historiador de Francia y que fue posteriormente publicado en francés con el título de: “État social et politique de la France avant et depuis 1789”.[6] 



4) Finalidades de L ´Ancien Régime et la Révolution



Antes de analizar las fuentes consultadas por nuestro autor, identifiquemos las finalidades por él perseguidas en El Antiguo Régimen. Podemos reducirlas, basicamente, a cuatro:



a – Explicar por qué la Revolución, que ya se gestaba en otras partes de Europa, estalló primero en Francia.



b – Explicar por qué los Franceses, que desataron la Revolución en nombre de la libertad, abandonaron luego este ideal.



c – Explicar por qué los cambios llevados a cabo por la Revolución Francesa ya estaban presentes, de forma imperceptible, en el Antiguo Régimen.



d – Alertar a sus contemporáneos, a la luz del análisis histórico realizado, para los riesgos que corría la libertad en la Francia de mediados del siglo XIX.[7]






5) Fuentes consultadas por Tocqueville



Éstas pueden ser organizadas en torno a dos grandes clases: bibliográficas y documentales. En lo que se refiere a la bibliografía, era grande la lista de obras aparecidas en Francia a lo largo del período en que nuestro autor maduró El Antiguo Régimen. Entre 1820 y 1841, efectivamente, habían sido publicadas las siguientes obras: L´Histoire des Girondins, de Lamartine; la primera parte de la Histoire de la Révolution Française, de Michelet; la Histoire de la Révolution, de Thiers (obra que Tocqueville leyó al terminar sus estudios secundarios y cuyo amoralismo lo impresionó profundamente); la Histoire du Consulat et de l´Empire, de Thiers; la Histoire de France, de Michelet; la Histoire de la Révolution, de Miguet; la Histoire du règne de Louis XIV, pendant les années ou l´on pouvait prévenir la Révolution, de Droz; las Considérations sur la Révolution Française, de Madame de Staël; la Histoire parlamentaire de la Révolution, de Buchez y Roux, etc. Tocqueville conocía esta bibliografía, a pesar de no hacer referencias explícitas a todas las obras.[8] Aún en lo relacionado con la bibliografía, el proprio Tocqueville anota, de modo genérico, que consultó también “los libros célebres que el siglo XVIII produjo”.[9]



Em lo tocante a las fuentes documentales, éstas pueden ser clasificadas en cuatro tipos: actos públicos del Gobierno y de los Intendentes; procesos verbales de las Asambleas de Estados; procesos verbales de las Asambleas Provinciales y, por último, cuadernos elaborados por las tres Órdenes, en 1789. A estas fuentes se podría sumar una quinta: la literatura panfletaria, muy abundante en la época de la Revolución. En relación con este tipo de fuentes, escribió André Jardin: “Al morir, él dejaría una rica colección de periódicos revolucionarios, cuadernos de los Estados Generales, discursos, orientaciones y otros impresos de la misma época. Él adquirió, sin duda, muchos de estos documentos cuando elaboró su libro, pero nada impide pensar que algunos se encontraban anteriormente en la biblioteca del castillo de Tocqueville y que él los pudo conocer antes de esta época”.[10]



No fue fácil para Tocqueville desarrollar la investigación documental que le sirvió de fundamento al Antiguo Régimen y la Revolución. Su preocupación básica era estudiar la forma en que se desarrollaban los negocios públicos, a fin de identificar los hábitos administrativos del período prerrevolucionario. Con relación a este punto, nuestro autor escribe: “Pero, en lo referente a la forma en que eran conducidos los negocios, al real funcionamiento de las instituciones, a la posición exacta de las clases, unas con relación a las otras, a la conducta y a los sentimientos de los que aún no se hacían escuchar ni ver, al fondo mismo de las opiniones y de las costumbres, nosotros no tenemos sino ideas confusas y muchas veces furtivas (...). Me dediqué a conocer bien todos los actos públicos en los que los Franceses pudieron, cuando se aproximaba la Revolución, mostrar sus opiniones y sus gustos”.[11]



6) Método de trabajo y modelo teórico seguidos por Tocqueville



Cuál fué el método seguido por nuestro autor en la composición de El Antiguo Régimen y la Revolución? Podríamos caracterizarlo a aquél como de génesis histórica. Las naciones, como los organismos, poseen una especie de código genético que las caracteriza. Aunque sucedan grandes movimientos revolucionarios, no se pierde la identidad primordial. Los cambios y las revoluciones ocurren esencialmente vinculados con esta identidad. Por tal motivo, para entender la Francia de 1789, la Francia revolucionaria, era necesario interrogar a la Francia del Antiguo Régimen. Al estudiar la Francia revolucionaria, escribe Tocqueville en el prólogo de la obra: “Yo tenía la convicción de que, sin saberlo, (los Franceses) preservaron del Antiguo Régimen la mayor parte de los sentimientos, de los hábitos y de las propias ideas que los llevaron a hacer la Revolución que los destruyó y que, sin quererlo, utilizaron sus restos para construir el edificio de la nueva sociedad. De manera que para comprender debidamente tanto la Revolución cuanto su obra, era necesario olvidar por un momento la Francia que vemos e interrogar en su túmulo a la Francia que ya no existe. Eso es lo que he tentado hacer aquí”.[12]



Esta idea aparece clara en otros lugares del prólogo, como por ejemplo aquí: “A medida que avanzaba en este estudio, me admiraba al ver de nuevo, en todos los momentos de la Francia de esa época, muchos rasgos que impresionan en la Francia de hoy. Encontraba nuevamente un sinnúmero de sentimientos que consideraba nacidos de la Revolución, un sinnúmero de ideas que hasta entonces consideraba como nacidas exclusivamente de ella, mil hábitos que sólo a ella son atribuidos, y encontraba por todas partes las raíces de la sociedad actual profundamente arraigadas en ese viejo suelo. Cuanto más me aproximaba a 1789, percibía con más claridad el espíritu que hizo a la Revolución formarse, nacer y crecer. Veía, poco a poco, cómo se desvendaba ante mis ojos toda la fisionomía de esta Revolución. Ya anunciaba su temperamento, su genio: era ella propia. Ahí no descubría apenas la razón de lo que iba a hacer en su primer esfuerzo, pero tal vez, aún más, el anuncio de lo que debería fundar con el tiempo”.[13]



Un poco más adelante, nuestro autor afirma: “La Revolución tuvo dos fases bien distintas: la primera, durante la cual los Franceses parecen abolir todo lo que perteneció al pasado; y la segunda, cuando en éste van a recobrar una parte de lo que en él dejaron. Hay un gran número de leyes y hábitos políticos del Antiguo Régimen que desaparecieron así, repentinamente, en 1789, y que aparecen nuevamente algunos años más tarde, como ciertos ríos que se hunden en la tierra para volver a aparecer un poco más adelante, mostrando las mismas aguas en nuevas márgenes”.[14]



El modelo teórico que inspiró a El Antiguo Régimen y la Revolución fue la obra de Monsquieu: Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los Romanos y su decadencia. Con relación a este punto, André Jardin escribe: “Montesquieu tenía una tarea más cómoda al trabajar sobre una historia lejana, libre de todos los hechos secundarios, mientras que, para una época reciente y un período de diez años, los hechos determinantes se mezclan con los detalles”.[15] Tocqueville pretendía realizar en su obra – piensa A. Jardin - algo mucho más complejo, a saber, una mezcla indisociable de historia y de filosofía de la historia.



7) Estructura de El Antiguo Régimen y la Revolución



La obra se divide, nítidamente, en tres grandes partes: a) esencia, finalidad y efectos de la Revolución Francesa; b) raíces de la Revolución Francesa en el Antiguo Régimen; c) cómo se desarrolló el proceso revolucionario.



a) Esencia, finalidad y efectos de la Revolución Francesa.- En la primera parte, Tocqueville centra la atención, especialmente, en el análisis de las finalidades perseguidas por la Revolución Francesa. Desarrolla cinco capítulos con los siguientes títulos: “Juicios contradictorios que son enunciados sobre la Revolución en su origen”. “Que el objetivo fundamental y final de la Revolución no era, como se pensó, destruir el poder religioso y enervar el poder político”. “De cómo la Revolución Francesa fue una revolución política, que se procesó a la manera de las revoluciones religiosas y por qué”. “Cómo casi toda Europa tuvo precisamente las mismas instituciones y cómo estas instituciones cayeron en ruinas por toda parte”. “Cuál fué la obra peculiar de la Revolución Francesa”.



b) Raíces de la Revolución Francesa en el Antiguo Régimen.- En la segunda parte, nuestro autor desarrolla 12 capítulos con los siguientes títulos: “Por qué los derechos feudales se tornaron más odiosos, para el pueblo de Francia, que en cualquier otro lugar”. “Que la centralización administrativa es una institución del Antiguo Régimen y no obra de la Revolución o del Imperio, como se dice”. “Cómo lo que denominan hoy de tutela administrativa es una institución del Antiguo Régimen”. “Que la justicia administrativa y la estabilidad de los funcionarios son instituciones del Antiguo Régimen”. “Cómo la centralización logró introducirse en el seno de los antiguos poderes y suplantarlos sin destruirlos”. “De las costumbres administrativas en el Antiguo Régimen”. “Cómo Francia era, entre todos los países de Europa, aquél en donde la capital había adquirido la mayor preponderancia sobre las provincias y mejor absorbía todo el imperio”. “Que Francia era el país en donde los hombres se habían tornado más parecidos unos con los otros”. “Cómo estos hombres, tan semejantes, estaban más separados que nunca en pequeños grupos, ajenos e indiferentes unos a otros”. “Cómo la destrucción de la libertad política y la separación de las clases fueron la causa de todas las enfermedades que mataron al Antiguo Régimen”. “Del tipo de libertad que se encontraba en el Antiguo Régimen y de su influjo sobre la Revolución”. “Cómo, a pesar de los progresos de la civilización, la condición del campesino francés era, a veces, peor en el siglo XVIII que en el siglo XIII”.



c) Cómo se desarrolló el proceso revolucionario.- En la tercera parte de la obra, Tocqueville desarrolla los siguientes capítulos: “Cómo, a mediados del siglo XVIII, los hombres de letras se convirtieron en los principales actores políticos del país y acerca de los efectos que de ahí resultaron”. “De qué forma la irreligiosidad pudo convertirse en una pasión general y dominante entre los Franceses del siglo XVIII y qué especie de influjo esto tuvo en el carácter de la Revolución”. “Cómo los Franceses quisieron reformas antes de querer libertad”. “Que el reinado de Luis XIV fué la época más próspera de la antigua monarquía y cómo esta prosperidad aceleró la Revolución”. “De qué forma sublevaron al pueblo queriéndolo ayudar”. “Acerca de algunas prácticas con las que el gobierno completó la educación revolucionaria del pueblo”. “De qué forma una gran revolución administrativa había precedido a la revolución política y las consecuencias que esto tuvo”. “Cómo la revolución surgió naturalmente del estado de cosas que la precedió”.



Del simple enunciado del título de los capítulos que integran las tres partes de la obra, se desprende una característica singular: nuestro autor derriba uno a uno, de forma sistemática, los mitos revolucionarios. Y destaca que las grandes líneas de la Revolución Francesa ya se encontraban presentes en el Antiguo Régimen. O mejor: estas grandes líneas centralizadoras e igualitaristas ya estaban presentes anteriormente, pues el Antiguo Régimen no se había desmoronado en 1789, sino antes, con el surgimiento y la ulterior consolidación del Estado moderno, en la Francia de Luis XIV. A pesar de su posición crítica, el análisis de nuestro autor no es injusto con el movimiento revolucionario de 1789. Tocqueville no duda en indicar el aspecto positivo de la Revolución Francesa: ella constituyó un singular momento de búsqueda de la libertad frente a las tradiciones, cuya fachada aún subsistía. Fachada apenas, pues el mundo feudal ya se había desplomado hacía mucho tiempo y se encontraba muerto definitivamente a manos del Estado centralizador y despótico, administrado con mano férrea por los intendentes del Rey. El Antiguo Régimen y la Revolución iniciaba, por lo tanto, en los estudios políticos franceses, un capítulo nuevo de evaluación crítica del ciclo revolucionario, no para volver al pasado, sino para completar la Revolución de 1789 en lo que ella tuvo de auténtico: la búsqueda de la libertad. Y para vacunar a Francia contra los virus (persistencia del centralismo despótico, intolerancia y radicalismo), que convirtieron la gesta de 1789 en una enfermedad social.



8) Conclusión: El fenómeno del centralismo en la sociedad francesa



Cuál fue el fenómeno básico observado por Tocqueville en la vida política de la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XVIII? Sin duda alguna que consistió en la centralización. Nuestro autor no deja de registrar con sorpresa este descubrimiento. A propósito, escribía: “Un extranjero al que le fuesen liberadas, hoy, todas las correspondencias confidenciales que estaban contenidas en los mensajes del ministerio del interior y de las prefecturas, sabría mucho más acerca de nosotros que nosotros mismos. En el siglo XVIII, la administración pública ya estaba (...) muy centralizada, era muy poderosa, prodigiosamente activa. La veríamos ayudar sin cesar, impedir, permitir. Ella tenía mucho qué prometer y mucho para dar. Influía ya de mil maneras, no solamente en la marcha general de los negocios, sino también en la suerte de las familias y en la vida privada de cada hombre. Por lo demás, ella permanecía sin publicidad, lo que hacía que las personas no tuvieran miedo de venir a exponer ante sus ojos aún las enfermedades más secretas”.[16]



Lo que más incomodaba a nuestro autor era el efecto político que el centralismo terminó produciendo en la sociedad francesa: el despotismo. El centralismo privaba a la sociedad de su iniciativa y la transformaba en eterno menor de edad frente al Estado todopoderoso. El gran mal causado a Francia por el centralismo era antiguo, según Tocqueville. La substitución paulatina del antiguo derecho consuetudinario germánico por el derecho romano, se situaba en el origen de todos los males y era como que la fuente del proceso centralizador, que después se extendió a todos los rincones de la vida social. El despotismo es, en su esencia, centralizador. Acaba con las solidaridades locales y torna insensibles a los ciudadanos frente a las desgracias y las necesidades comunes. Nuestro autor describe, de forma detallada, el efecto pernicioso del despotismo en aquellas sociedades que, como la francesa, fueron niveladas por el centralismo aplastante del rey y sus intendentes.



A propósito, escribe: “No habiendo más entre los hombres ningún vínculo de castas, clases, corporaciones, familia, quedan propensos en demasía para preocuparse únicamente con sus intereses particulares, para pensar únicamente en sí propios y refugiarse en un estrecho individualismo que ahoga cualquier virtud cívica. Lejos de luchar contra esta tendencia, el despotismo acaba tornándola irresistible, pues les quita a los ciudadanos cualquier pasión común, cualquier necesidad mutua, cualquier deseo de entendimiento común, cualquier oportunidad de acciones en conjunto, encerrándolos, por así decirlo, en la vida privada. Ya poseían la tendencia a separarse: el despotismo los aísla; ya había frialdad entre ellos: el despotismo los congela”.[17]



Nuestro autor prosigue, en el mismo texto, con la descripción de las desgracias causadas, en la Francia de mediados del siglo XIX, por el despotismo centralizador. Sus consideraciones se amplían a otras sociedades que terminen siendo víctimas de este fenómeno. Escribe Tocqueville al respecto: “En este tipo de sociedad en donde nada es fijo, cada uno se siente constantemente cautivo del temor de descender y del deseo ardiente de subir y como el dinero, al mismo tiempo que allá se convirtió en la marca principal que clasifica y distingue a los hombres, también adquirió una singular movilidad, pasando sin cesar de unas manos a otras, transformando la condición de los individuos, elevando o rebajando las familias, casi ya no hay nadie que no tenga que hacer un esfuerzo desesperado y continuo para conservarlo y adquirirlo. El deseo de enriquecerse a cualquier precio, el gusto por los negocios, el amor al lucro, la búsqueda por el bienestar y por los placeres materiales son allá, por lo tanto, las pasiones más comunes. Estas pasiones fácilmente  se desparraman en todas las clases, penetran aún en aquéllas que hasta entonces estaban más ajenas a esos deseos y lograrían enervar rápidamente a la nación entera si nada viniera a detenerlas. Ahora bien, hace parte de la propia esencia del despotismo estimularlas e irradiarlas. Estas pasiones que debilitan, ayudan al despotismo, distraen y ocupan la imaginación de los hombres, manteniéndolos lejos de los negocios públicos y llevan a que la simple idea de revolución los haga temer. Sólo el despotismo puede garantizarles el secreto y la sombra que dejan libre el camino para la ambición y les permite ganar lucros deshonestos al desafiar la deshonra. Sin el despotismo habrían sido fuertes; con él reinan”.



Tan nocivo para la constitución política de un pueblo es el despotismo, que llega hasta mimetizarse bajo la apariencia de honradez de la vida privada, impidiendo la aparición de buenos ciudadanos. Al respecto, escribe nuestro autor: “Las sociedades democráticas que no son libres pueden ser ricas, refinadas, ornamentadas y hasta magníficas y poderosas, gracias al peso de su masa homogénea; en ellas podemos encontrar cualidades privadas, buenos padres de familia, comerciantes honrados y propietarios dignos de estimación; en ellas podremos descubrir hasta buenos cristianos, pues la patria de éstos no es de este mundo y la gloria de su religión consiste en suscitar su aparición en medio de la corrupción de las costumbres y bajo el yugo de los peores gobiernos: el Imperio Romano, en su decadencia, estaba repleto de ellos. Pero lo que nunca se verá en sociedades semejantes, me atrevo a decirlo, son grandes ciudadanos y principalmente un gran pueblo, y no tengo miedo de afirmar que el nivel común de los corazones y de los espíritus no cesará nunca de rebajarse, mientras se dé la unión de la igualdad con el despotismo”.[18]



Parece como si la libertad fuera la condición menos natural al hombre y que el despotismo fuese el clima que mejor responde a su naturaleza. Nada más falso, piensa Tocqueville. La búsqueda de la libertad es esencial al ser humano. Por lo tanto, el despotismo ocurre contrariando las naturales tendencias del hombre. Solamente medra allí en donde un déspota quiere toda la libertad para sí y les desconoce, con mano de hierro, ese derecho a los demás. Al respecto, nuestro autor escribe: “Cuál es el hombre dotado de una naturaleza tan baja que preferiría depender de los caprichos de sus semejantes a seguir las leyes que él propio ayudó a establecer, en el caso de que considerara que su nación poseía las virtudes necesarias para hacer buen uso de la libertad? Creo que este hombre no existe. Hasta los déspotas reconocen la excelencia de la libertad. Sólo que la quieren exclusivamente para ellos y consideran que todos los otros no son dignos de ella. Así, las divergencias se dan no en lo relacionado con la opinión que se debe tener acerca de la libertad, sino sobre la mayor o la menor estima que se tiene por los hombres. Así, podemos afirmar, con rigor, que el gusto que se revela por el gobierno absoluto está en relación exacta con el desprecio que se profesa por el propio país”. [19]



Lo que Tocqueville afirmaba acerca del centralismo despótico se aplicaba, en primer lugar, a la Francia revolucionaria. A pesar de los juramentos libertarios de los Jacobinos, la Revolución terminó siendo devorada, con todo, por los viejos hábitos centralizadores y despóticos. Nuestro autor cita, para confirmar esta apreciación, las palabras que Mirabeau le escribió secretamente al rey, menos de un año después de haber estallado la Revolución. He aquí lo que el viejo parlamentario del Ancien Régime le comunicaba al soberano: “Comparemos el nuevo estado de cosas con el Antiguo Régimen; ahí encontraremos consuelos y esperanzas. Una parte de los actos de la Asamblea Nacional – la parte más importante – es evidentemente favorable al gobierno monárquico. Por acaso no significa nada quedarse sin parlamento, sin gobierno de Estado, sin corporaciones de clérigos, de privilegiados y de nobleza? La idea de formar una única clase de ciudadanos le habría agradado a Richelieu: esta superficie igual torna fácil el ejercicio del poder. Algunos reinos de gobierno absoluto no habrían hecho tanto a favor de la autoridad real, como este único año de Revolución”.[20]



Esclarecido y crítico observador del fenómeno revolucionario, Tocqueville comenta las palabras de Mirabeau, destacando el carácter cosmético de la Revolución de 1789, en lo tocante al despotismo centralizador. El proceso revolucionario hizo caer por tierra un gobierno y un reino, pero sobre sus cenizas levantó un Estado mucho más poderoso que el anterior. Escribe al respecto nuestro autor: “Como el objetivo de la Revolución Francesa no era solamente mudar el gobierno sino también abolir la antigua forma de la sociedad, fue preciso atacar, al mismo tiempo, todos los poderes establecidos, arruinar todas las influencias conocidas, borrar las tradiciones, renovar las costumbres y los hábitos y desnudar el espíritu humano de todas las ideas sobre las cuales se apoyaban hasta entonces el respeto y la obediencia. De ahí provino su carácter tan singularmente anárquico”. [21]



Y prosigue Tocqueville: “Pero retiremos estas apariencias y descubriremos un poder central inmenso que atrajo y engolfó en su unidad todas las parcelas de autoridad (...), antes dispersas en un monte de poderes secundarios, de órdenes, de clases, profesiones, familias e individuos, por así decirlo, diseminados por todo el cuerpo social. No se había visto en el mundo un poder semejante desde la caída del Imperio Romano. La Revolución generó esta nueva potencia, o mejor, ésta emergió de las ruinas causadas por la Revolución. Los gobiernos que fundó son más frágiles, es cierto, pero son cien veces más poderosos que cualquiera de los que derribó. (...) Fue de esta forma simple, regular y grandiosa que Mirabeau ya vislumbraba [la nueva realidad] a través del polvo de las viejas instituciones semidestruídas. A pesar de su grandeza, el objeto aún era invisible a los ojos de la multitud. Pero poco a poco el tiempo fue revelando este objeto a todas las miradas”.[22]



Bibliografía



JARDIN, André. Alexis de Tocqueville, 1805 – 1859. (Traducción de R. M. Burchfield y N. Sancholle-Henraux). México: Fondo de Cultura Económica, 1988, p. 369.



MONTESQUIEU, Charles-Louis de Secondat, baron de. Considerátions sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence. 8ª édition. Paris: Delagrave, 1734. Edición digital :




TOCQUEVILLE, Alexis de. “État social et politique de la France avant et depuis 1789”. In: L´Ancien Régime et la Révolution, (prefacio, notas, bibliografia y cronología elaborados por Françoise Mélonio), Paris: Flammarion, 1988, p. 41-85.



TOCQUEVILLE, Alexis de. L´Ancien Régime et la Révolution, (prefacio, notas, bibliografia y cronología elaborados por Françoise Mélonio), Paris: Flammarion, 1988.



VÉLEZ RODRÍGUEZ, Ricardo. A democracia liberal segundo Alexis de Tocqueville. São Paulo: Mandarim, 1998.





[1] JARDIN, André. Alexis de Tocqueville, 1805 – 1859. (Traducción de R. M. Burchfield y N. Sancholle-Henraux). México: Fondo de Cultura Económica, 1988, p. 369.

[2] Apud JARDIN, ob. cit., ibid.

[3] JARDIN, ob cit, ibid.

[4] TOCQUEVILLE, L´Ancien Regime et la Révolution,  (prefacio, notas, bibliografia y cronología elaborados por Françoise Mélonio), Paris: Flammarion, 1988, p. 93-95.

[5] Cf. JARDIN, Alexis de Tocqueville, 1805-1859, ob. cit., p. 456-457.

[6] TOCQUEVILLE, “État social et politique de la France avant et depuis 1789”. In: L´Ancien Régime et la Révolution, (prefacio, notas, bibliografia y cronología elaborados por Françoise Mélonio), Paris: Flammarion, 1988, p. 41-85.

[7] Cf. TOCQUEVILLE, L ´Ancien Regime et la Révolution, ob. cit., p. 90-93.

[8] Cf. JARDIN, Alexis de Tocqueville, 1805-1859, ob. cit., p. 458-459.

[9] TOCQUEVILLE, L ´Ancien Regime et la Révolution, ob. cit., p. 88-89.

[10] JARDIN, Alexis de Tocqueville, 1805-1859, ob cit., p. 459.

[11] TOCQUEVILLE, L´Ancien Régime et la Révolution, ob cit., p. 88-89.

[12] TOCQUEVILLE, ob cit., p. 43.

[13] TOCQUEVILLE, ob cit., p. 90.

[14] TOCQUEVILLE, ob cit., ibid.

[15] JARDIN, Alexis de Tocqueville, 1805-1859, ob cit., p. 460.

[16] TOCQUEVILLE, L´Ancien Regime et la Révolution, ob cit, p. 89.

[17] TOCQUEVILLE, L´Ancien Regime et la Révolution, ob cit., p. 93-94.

[18] TOCQUEVILLE, ob cit., p. 95-96.

[19] TOCQUEVILLE, ob cit., p. 95-96.

[20] Apud TOCQUEVILLE, ob cit, p. 56.

[21] TOCQUEVILLE, ob cit., p. 56-57.


[22] TOCQUEVILLE, ob cit., p. 57.

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